Haiku

Tengo que reconocer que no sé mucho sobre el haiku japonés. Habré leído unos trescientos, pero he de confesar que nunca pensé que una composición tan breve y aparentemente tan sencilla pudiese mostrar mejor un instante de la realidad, una pincelada de la naturaleza o una impresión fugaz de manera tan diáfana y a la vez tan profunda en cuanto a la concepción del mundo.

                 El haiku es una composición poética de aproximadamente 17 sílabas cuya contenido fundamental es desvelarnos la naturaleza con mayúsculas, el lugar que ocupan las cosas, animales o personas, la relación entre las mismas, su orden en el universo, su esencia al fin. El haiku te hace evidente lo que tenemos delante, te muestra lo que la mayoría de nosotros no somos capaces de ver y que sucede a nuestro alrededor sin que apenas nos percatemos de ello.

 Lejos, el humo

parece no moverse

en la campiña.[1]

                 Cuando me enfrenté por primera vez a la lectura de un haiku tuve la tentación fácil de pensar que este tipo de composiciones puede escribirlas cualquiera. Es cierto, pero no sin haber captado previamente su esencia. Si observamos también por primera vez un cuadro de Miró o de Picasso, también es fácil pensar que podría haberlos creado un niño, como si el “garabato mironiano” o la “deformidad cubista picasiana”, si se me permiten las expresiones, pudiesen ser menospreciados por mostrar en muchos casos la más sencilla y evidente desnudez, una nítida limpieza y facilidad en los trazos o brevedad en las pinceladas. Teniendo en cuenta el origen japonés del haiku es difícil que un occidental capte su esencia rápidamente.

 Las hormigas en fila

suben por una hoja de hierba…

y en seguida bajan.[2]

                Este haiku escrito por una niña de seis años puede dar luz para comprender el interior del haiku japonés: sencillez y brevedad. En palabras de Vicente Haya*: “Solo los verdaderos poetas y los niños…son capaces de ver el mundo; los demás estamos desahuciados…porque “estar” es una meta final…no un punto de partida, como hasta ahora habíamos creído.”[3]

                 La visión de la naturaleza y la búsqueda de sus elementos más íntimos están presentes en muchos de los haikus que he podido leer. Pero no buscan dar una explicación acerca del mundo, solo la percepción del mismo: “El haiku es imagen, no reflexión,”[4] pero para nuestro modo occidental de entender la poesía el haiku nos lleva irremediablemente a la interpretación. Craso error según los expertos en la materia: no debemos dejar que ante la imagen de algo bello, de la naturaleza circundante puesta en palabras, nuestro desnaturalizado mundo nos haga ir más allá de la pura esencia de lo que nos rodea, tratando de concentrar nuestra atención en el “podrá ser” de lo que vemos, privándonos de la pureza de su “estar”. 

Luna creciente,

y el musgo aún más verde

después de orinar.[5]

  

                                                                                                 Gonzalo González González

*Vicente Haya es el máximo especialista en nuestro país en poesía japonesa.


[1] y 5 La senda de Buson. Alonso Salas y otros. Edit. Juan de Mairena. Lucena Octubre 2006. págs. 36 y33

 [2], 3 y 4  El espacio interior del haiku. Vicente Haya. Shinden Ediciones. Barcelona Noviembre 2004. págs.23 y 63