GANADOR 2º PREMIO PRIMER CICLO. CONCURSO RELATO CORTO IES HERRERA.

EL TRADUCTOR

Ramón miró al reloj cuadrado que había en la pared. Diez minutos. Diez minutos quedaban para que acabara su nefasta jornada de trabajo y tomara sus vacaciones de Semana Santa, pensaba el iluso Ramón. La habitación estaba en silencio; todo pulcramente colocado con precisión. La verdad es que él no odiaba demasiado su trabajo, era simplemente traducir libros al castellano, algo fácil para él, ya que llevaba una vida aprendiendo idiomas.

De repente, se abrió la puerta, dejando pasar a su despreciada secretaria, que por poco no se tropieza con una simple alfombra.

– Señor, un nuevo escrito que traducir -susurró dejándolo en el escritorio. Ramón nunca entendió por qué esta mujer habla siempre tan bajo.

– ¿Ahora? Pero si ya casi es la hora de irse a casa -le contestó nuestro protagonista en tono impertinente.

– Sí, y me han dicho que es urgente -dijo esta vez en tono más alto.

– Supongo que tendré que trabajar en vacaciones. Váyase, gracias.

Empezó a hojear los folios, contando las páginas. Eran unas ciento cincuenta, parecía una biografía. Pero no sabía de quién se podría tratar.

Cuando llegó a casa, se recostó en su preciado sofá de cuero, y comenzó a leerlo, con una fascinación sobrehumana, ya que desde el principio la biografía describía con detalle su propia vida, pero en alemán. Y no solo describía el pasado, sino el presente y también el futuro. Leyó bastante hasta llegar al futuro, donde tomó aire con fuerza. Continuó leyendo, mientras su cara iba transformándose en blanquecina. En el final del futuro rezaba esto:

El futuro de Ramón Lara será nefasto. No se casará, y aún menos tendrá hijos, lo que hará que entre en depresión. Y un día, volviendo del trabajo, tendrá un severo accidente de tráfico, muriendo bastante joven. Morirá solo, será enterrado solo, y su nombre nunca será recordado por ninguna persona; será como si nunca hubiera existido.

Cuando hubo acabado de leer el maldito escrito, tenía la cara blanca y las piernas le temblaban. Empezó a reflexionar sobre cómo llevaba su vida, cómo odiaba  a la gente y, en especial, a su secretaria.

Quizás sea un poco antipático, pensaba Ramón durante todas sus vacaciones, dándole vueltas a su comportamiento, mientras su orgullo iba cayendo poco a poco, haciéndole dudar más y más. Pero la reflexión de Ramón tuvo su cumbre en la cena de conmemoración del cuarto best-seller de la editorial, que era una tradición en la que todos los empleados acostumbraban a ir a comer a un restaurante en un día de Semana Santa, previamente definido. Bueno, pues en esta particular noche, nuestro protagonista acostumbraba a quedarse en su cómoda y moderna casa, no dando ni excusa por la que no ir a la cena.

Pero esta vez, esa noche Ramón se engalanó con traje, chaqueta, corbata y mocasines, y se presentó a las diez en el Restaurante Natière. Lo pasó como nunca: riendo, comiendo, y compartiendo mesa con sus compañeros. Resultaba que al final no eran tan odiosos como él creía. A partir de esta cena, Ramón repitió todas las cenas de todos los best seller y vacaciones.

Y después de todo, nuestro querido Ramón cambió. Y para bien. Ese apocalíptico libro le cambió la vida, literalmente.

Álvaro Cabello Gálvez, 2º ESO B.

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