«Aprendí a leer a los cinco años…» por Mario Vargas Llosa

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

(Fragmento del discurso de la entrega de los Premios Nobel del 2010)

                        Mario Vargas Llosa

                                            Premio Nobel de Literatura 

 

3 comentarios en “«Aprendí a leer a los cinco años…» por Mario Vargas Llosa

  1. Aquí os dejo mi pequeña aportación. Es uno de los textos literarios que más me ha seguido a lo largo de mi vida. Espero que os haga disfrutar tanto como me lo ha hecho a mí durante años.

    La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
    Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
    que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
    La princesa está pálida en su silla de oro,
    está mudo el teclado de su clave sonoro,
    y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

    El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
    Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
    y vestido de rojo piruetea el bufón.
    La princesa no ríe, la princesa no siente;
    la princesa persigue por el cielo de Oriente
    la libélula vaga de una vaga ilusión.

    ¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
    o en el que ha detenido su carroza argentina
    para ver de sus ojos la dulzura de luz?
    ¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
    o en el que es soberano de los claros diamantes,
    o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

    ¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
    quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
    tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
    ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
    saludar a los lirios con los versos de mayo
    o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

    Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
    ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
    ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
    Y están tristes las flores por la flor de la corte,
    los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
    de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

    ¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
    Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
    en la jaula de mármol del palacio real;
    el palacio soberbio que vigilan los guardas,
    que custodian cien negros con sus cien alabardas,
    un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

    ¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
    (La princesa está triste, la princesa está pálida)
    ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
    ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
    —la princesa está pálida, la princesa está triste—,
    más brillante que el alba, más hermoso que abril!

    —«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
    en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
    en el cinto la espada y en la mano el azor,
    el feliz caballero que te adora sin verte,
    y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
    a encenderte los labios con un beso de amor».
    SONATINA
    Rubén Darío

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s